Maratón: Cuando los dioses se rieron de Darío

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Había algo en el aire aquella mañana del 12 de septiembre del año 490 a.C. Algo que no olía a incienso ni a ofrendas para los dioses, sino a cuero tenso, sudor de hoplita y una inminente desgracia persa. En la llanura de Maratón, una de esas extensiones que parecen hechas a medida para la batalla, los atenienses contemplaban, con ese gesto entre la resignación y la mala leche que los caracterizaba, el impresionante ejército del Gran Rey Darío I.

Que los persas llegaran hasta allí era una cuestión de orgullo imperial. Atenas, con su insidiosa costumbre de meter las narices donde no los llamaban, había ayudado a los griegos de Jonia a rebelarse contra el yugo persa. Darío, que no era hombre de olvidar afrentas, había enviado una expedición para poner orden. En su mente, Atenas ya estaba en llamas y sus ciudadanos encadenados.

Pero Darío no había contado con Milcíades.

EL ESTRATEGA CON MALA UVA

Milcíades era el tipo de general que hace que los poetas canten y que los enemigos se lamenten. Había servido en el ejército persa antes de volverse contra ellos, lo que le daba ese toque de traidor con conocimientos de primera mano, algo muy útil en el arte de la guerra. Sabía que los persas, con todo su esplendor, tenían un problema fundamental: confiaban demasiado en su caballería y en el terror que infundían. Y aún más importante, sabía que su infantería, comparada con los disciplinados hoplitas griegos, era poco más que carne de lanza.

Pero Milcíades no era solo un estratega con talento. También tenía un historial bastante turbulento. Pertenecía a una familia aristocrática ateniense y, en su juventud, había gobernado en el Quersoneso tracio, donde se enfrentó tanto a los escitas como a los persas. Tras huir de allí, fue acusado en Atenas por traición, pero logró salir bien parado. Su carrera oscilaba entre la brillantez táctica y la polémica política, algo que, en la siempre conspirativa Atenas, era garantía de problemas.

Aquella mañana, los atenienses, junto con su puñado de aliados plateos (esos buenos amigos que te ayudan cuando realmente hace falta), contemplaban a los persas desembarcando. Los generales griegos discutían qué hacer, porque para eso eran griegos y la democracia es lo que tiene, hasta que Milcíades, con la paciencia justa de un hombre que ha visto demasiados errores ajenos, se hizo con el mando y decidió atacar.
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CUANDO TODO SE DECIDE EN UN SPRINT FINAL

Los atenienses formaron su línea de batalla con un centro algo más débil y los flancos reforzados. Su estrategia era simple y brillante: en lugar de avanzar lentamente, cargaron a la carrera contra los persas, acortando la distancia antes de que las flechas hicieran estragos. Los persas, acostumbrados a que los enemigos se lo pensaran dos veces antes de atacar, no supieron muy bien cómo reaccionar.

Cuando los hoplitas llegaron a las filas persas, el resultado fue un baño de sangre. Los flancos griegos envolvieron a los persas y los hicieron trizas. El gran ejército invasor se convirtió en una masa en estampida hacia los barcos. Y allí, entre el estruendo del bronce y los gritos de los caídos, Atenas se ganó su reputación de potencia militar.

Los persas huyeron, dejando miles de muertos y un Darío que, al enterarse, debió de atragantarse con las uvas que le estaban sirviendo. El Gran Rey, que tanto presumía de invencibilidad, había sido derrotado por un puñado de granjeros con lanza y mucha mala leche.

UN MENSAJE URGENTE PARA ATENAS

Sin embargo, la victoria aún no estaba asegurada. Aunque los persas habían huido, su flota se dirigía rápidamente hacia Atenas con la intención de tomar la ciudad antes de que el ejército ateniense regresara. Milciades, comprendiendo el peligro, necesitaba alertar a los atenienses para que estuvieran preparados para resistir cualquier ataque.

Aquí es donde entra Filípides, un corredor profesional de la época. Según la versión más heroica, corrió sin parar desde Maratón hasta Atenas, unos 42 kilómetros de pura resistencia física, para anunciar la victoria con su último aliento: "¡Nenikêkamen!" ("¡Hemos vencido!"). Luego, cayó muerto de agotamiento.

El mensaje de Filípides tuvo su efecto. Los atenienses, alertados de la inminente amenaza, se movilizaron de inmediato. Cuando la flota persa llegó a la costa ateniense, se encontró con una ciudad preparada para la defensa. Viendo que su plan de tomar Atenas por sorpresa había fracasado, los persas dieron media vuelta y se retiraron definitivamente.

Por supuesto, los historiadores dudan de esta versión porque para exagerar ya estaban los griegos, pero la historia caló hondo. Siglos después, cuando se inventaron los Juegos Olímpicos modernos, alguien pensó que correr 42 kilómetros en honor a Filípides era una idea brillante. Así nació la maratón, esa prueba en la que hoy la gente se destroza las rodillas por pura afición.
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Yelmo de Milcíades. Museo Arqueológico de Olimpia. Grecia. 

EL DESTINO DE MILCIADES

Tras la gran victoria de Maratón, la estrella de Milcíades comenzó a apagarse. Intentó aprovechar su prestigio para lanzar una expedición contra la isla de Paros, pero la misión fracasó y regresó herido. Sus enemigos políticos aprovecharon la ocasión para acusarlo de corrupción. Fue condenado a pagar una multa desorbitada que no pudo asumir y murió en la cárcel a consecuencia de sus heridas. Así terminó el héroe de Maratón, olvidado por muchos de los mismos que habían celebrado su genio en la batalla.

Curiosamente, un vestigio de su legado permanece hasta hoy: su casco de bronce, con una inscripción que lo identifica como una ofrenda suya a Zeus, se encuentra expuesto en el Museo Arqueológico de Olimpia. Tal vez sea la última ironía de su historia: Milciades no dejó grandes riquezas ni un retiro glorioso, pero su casco, testigo de su genio y de su caída, sigue recordando a quien quiera verlo que la fama en Atenas era un bien efímero.

LA SONRISA DE LOS DIOSES

Maratón fue más que una victoria militar. Fue el momento en que los atenienses, aquellos eternos discutidores, se dieron cuenta de que podían plantarle cara al imperio más grande de la época. Fue también el primer aviso para los persas, que volvieron diez años después con una flota y un ejército mucho mayor... pero eso ya es otra historia.

Y así fue como los dioses, esos que siempre se divierten con las ironías de los mortales, contemplaron desde el Olimpo cómo un imperio entero tropezaba con un grupo de griegos testarudos que no sabían cuándo rendirse. Darío había aprendido una lección amarga: nunca subestimes a un pueblo que convierte la guerra en arte y la historia en leyenda.


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