Había algo en el aire aquella mañana del 12 de septiembre del año 490 a.C. Algo que no olía a incienso ni a ofrendas para los dioses, sino a cuero tenso, sudor de hoplita y una inminente desgracia persa. En la llanura de Maratón, una de esas extensiones que parecen hechas a medida para la batalla, los atenienses contemplaban, con ese gesto entre la resignación y la mala leche que los caracterizaba, el impresionante ejército del Gran Rey Darío I.
Pero Darío no había contado con Milcíades.


Yelmo de Milcíades. Museo Arqueológico de Olimpia. Grecia.
Tras la gran victoria de Maratón, la estrella de Milcíades comenzó a apagarse. Intentó aprovechar su prestigio para lanzar una expedición contra la isla de Paros, pero la misión fracasó y regresó herido. Sus enemigos políticos aprovecharon la ocasión para acusarlo de corrupción. Fue condenado a pagar una multa desorbitada que no pudo asumir y murió en la cárcel a consecuencia de sus heridas. Así terminó el héroe de Maratón, olvidado por muchos de los mismos que habían celebrado su genio en la batalla.
Curiosamente, un vestigio de su legado permanece hasta hoy: su casco de bronce, con una inscripción que lo identifica como una ofrenda suya a Zeus, se encuentra expuesto en el Museo Arqueológico de Olimpia. Tal vez sea la última ironía de su historia: Milciades no dejó grandes riquezas ni un retiro glorioso, pero su casco, testigo de su genio y de su caída, sigue recordando a quien quiera verlo que la fama en Atenas era un bien efímero.
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